«Despierte señorita, ya hemos llegado».
Esas fueron las palabras del revisor cuando el tren paró en seco. Bajé con mis dos maletas en mano y me dirigí, con grandes expectativas, a la ciudad donde iba a pasar los próximos tres años.
«Noruega es perfecta» me dije a mí misma. Y seguidamente saqué del bolsillo el papel con la dirección de mi nueva casa: C/Bigbluemonkey, nº4.
Las calles parecían salidas de una comedia romántica: nevadas, decoradas con grandes luces y avetos. Los niños, con sus trineos se deslizaban por la nieve y se tiraban bolas entre ellos o hacían muñecos.
Llegué a mi destino: una casa azul y blanca, de unos 40 años más o menos, aguardaba pacientemente mi llegada.
Iba a sacar la llave del bolso cuando de repente mi móvil sonó, un número que nunca había visto antes llamaba el día de Navidad y a esas horas.
«¿Quién será?» pensé.
Lo cogí:
—¿Sí? —dije extrañada.
—Despierte señorita, ya hemos llegado a Noruega.
-Miyuki.
-Miyuki.
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